Durante muchos años, en la Plaza Brasil el incombustible Taller Sol ha realizado esporádicos ciclos de cine al aire libre. Hace algunas semanas, durante uno de esos ciclos se apareció un inspector municipal y cursó una infracción pues se estaba utilizando un espacio público de manera indebida, o algo por el estilo. O tal vez simplemente no le gustaba la película.
Es interesante la dedicación que han puesto las autoridades municipales en controlar organizaciones como dicho taller o el Galpón Víctor Jara, justo del otro lado de la plaza, que tuvo que afrontar un inminente cierre por exigencias de la autoridad respecto a seguridad. Mientras por meses los residentes del sector Brasil-Compañía-Barroso-Catedral y sus inmediaciones tuvieron que sufrir los desmanes causados por hordas de borrachos que acudían a fiestas organizadas en el centro de eventos Gigante. Y durante esos meses no apareció ningún inspector a pasar multas o restringir su accionar, la situación sólo se terminó cuando los dueños del local tuvieron la decencia de anular el contrato de arriendo a los organizadores de estas fiestas.
Y volviendo a la Plaza Brasil, sería genial que el personal municipal se dedicara más a controlar las periódicas peleas entre borrachos que ocurren más que a fiscalizar a entidades culturales.
Pero claro, el Galpón Víctor Jara y el Taller Sol no son “empresa privada” como los que hacían las fiestas en el Estudio Gigante y se desentendían de lo que pasaba afuera. Y son bastante menos problemáticos que cuidadores de autos mafiosos o vagos borrachos. Son el rival más débil. Y el que hay que controlar, en la visión fascista de las autoridades municipales.